Desde siempre
Dios me cuidó
(Mi Breve Testimonio Vocacional)

Pablo Vilariño

Al volver a repensar el camino que Dios me fui invitando a transitar en estos años, recordando las personas, las situaciones, los momentos dolorosos, arduos, mis pecados; como así también, las grandes alegrías que he vivido, descubro con cariño que Dios siempre me cuidó.

Descubro claramente, y a la vez, sencilla y solapadamente, que Él siempre estuvo caminando conmigo en este peregrinar de mi propia Vida. Regalo que me hizo y me confía día a día, sosteniéndome y ayudándome a hacerla crecer para poder repartirla a quien me rodea.

Y como nuestro Dios es muy creativo, sobre todo cuando invita (llama) a una vocación particular, en mi vida se hizo presente, desde muy pequeño, por medio de una pregunta que creció a lo largo de los años en el interior de mi persona: ¿Qué querés hacer de tu Vida? Ella es una de las pocas claves en las que leo todos estos años; por eso, puedo compartirles que, a mí, Dios no se me apareció sino que se me hizo pregunta.

Sí, pregunta que caló hondo, que me hizo llorar y sufrir mucho, pregunta que durante muchos años no supe contestarme y que quemaba adentro. Pregunta que sólo pude responder balbuceando cuando me animé a perdir ayuda, cuando empecé a rezar fuerte, cuando descubrí que la respuesta sólo comenzaría a gestarse en la medida en que me animara a regalarle tiempo a Jesús en el silencio de un sagrario.

En medio de esta búsqueda vital, porque este interrogante me ponía frente al Sentido de mi vida, ví cumplir el texto evangélico que afirma: “Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá, porque el que pide, recibe, el que busca, encuentra, y al que llama se le abre” (Mt 7, 7 ss) Porque Él mismo se encargó de cruzar personas que me ayudaron a dar luz a lo que no entendía, algunos fueron amigos y amigas, otros sacerdotes, religiosas, pero sobre todo fue una certeza interior: “si Dios permite que viva esto, que ahora no entiendo, seguro que es para que crezca bien”

Años más tarde, esta pregunta fue tomando otro color ya que fui descubriendo que me atraía la vida sacerdotal, a partir de la experiencia muy rica que viví con un sacerdote joven que habían enviado a mi parroquia. Así comencé a preguntarme: ¿Quiero ser sacerdote?¿Podré?¿Y si me equivoco?

Tuve que convivir con estas dudas mucho tiempo, sin embargo, percibía ¡qué misterio paradojal tan grande es este!: que para hacerlo presente en medio de esta tierra, Dios llamaba no a los más dotados o perfectos sino a los que Él quería (Mc 3, 13 ss), aunque sean pobres, limitados y pecadores. Y a algunos los quiso en familias, a otros como hombre y mujeres religiosas, y a otros como sacerdotes.

Y la historia siguió, y aún sigue. Y puedo decir, con sinceridad, que me sigo sorprendiendo porque en todos estos años de camino, tratando de responder a esta pregunta, descubrí el valor del diálogo, por medio del cual nos enriquecemos, nos volvemos más humildes y nos abrimos a conocernos profundamente. Diálogo que se hace pleno cuando le confío toda mi vida a Jesús, sobre todo mis pecados, dolores y alegría, en silencio profundo de la oración personal. Descubrí que él es un tesoro muy apreciado que hay que cuidar y promover también en los momentos en que envolvió ese silencio enrarecido por el cansancio, la tristeza o mis límites.

También descubrí con gran esfuerzo el valor de la paciencia; los seres humanos tenemos nuestros tiempos, y como una buena comida que para que sea rica necesita el tiempo justo, así, necesité tiempo, y sólo Dios sabe cuanto, porque es él el único que sabe mi punto justo.

Hoy soy diácono, y pronto seré sacerdote, Dios mediante; pero sin duda, le pido a Dios que me siga regalando la capacidad de sorprenderme y que no me canse nunca de buscarlo, para que así, mi vida se siempre un peregrinar a la Casa del Padre…


Testimonio vocacional

Hernán Morelli

La voz de Dios siempre esta llamado, aun cuando hay silencio. Dios quiere que atendamos lo que nos dice, quiere que aprendamos a escucharlo. El es quien llama a cada uno para hacerlo feliz. Y como quiere a cada uno personalmente, tiene pensado algo que vamos construyendo día a día.

El llamado a la vocación sacerdotal en mi caso Dios me lo regaló desde chico. Pero por ahí con el tiempo empecé a escuchar con interferencia su voz, y medio que sintonicé otras voces. Pasó el tiempo, y ya en el secundario percibía algo en lo subterráneo de mi vida cotidiana, algo que no se veía pero yo en mi soledad podía escuchar. Era esta voz de Dios que seguía resonando. Y poco a poco los velos se fueron cayendo, y me animé a darle mas atención.

Así es que comencé a colaborar aún mas en la parroquia que me vió crecer. Llegaron las llamadas noches de la Caridad, donde compartíamos con otros jóvenes un rato los días martes junto a hombres, mujeres y a veces niños que vivían en la calle. Esta experiencia de la ciudad seguramente me iba entrenando para lo que fue la misión en Santiago del Estero.

El hecho de alejarnos de lo cotidiano para compartir la fe, ya me disponía a vivir con mas intensidad todo lo que allí pasara. Así fue que Dios me volvió a preguntar que me parecía la invitación que me hacía a seguirlo desde lo sacerdotal. Y con esta pregunte estuve un año hasta que ingresé al seminario.

Haber ingresado al seminario no fue la confirmación definitiva, porque hay cuestiones y decisiones que vamos tomando a lo largo del seminario. Y esto es bueno saberlo, Dios no se impone. Dios invita y nos da la libertad para decidir. Es genial esta paternidad de Dios, donde con paciencia y amor nos va acompañando para que seamos sinceros y encontremos aquello que mas nos hace felices.

En esta clave, Dios me hizo atender algo que fue para mi felizmente doloroso. Salir del seminario para conocer otra realidad, conocer otras personas y otra forma de vivir. Tuve la gracia de estar en Los Menucos, provincia de Río Negro, durante un año. Allí, junto al silencio, el viento y el frío conocí la calidez de las personas simples que viven en zonas rurales. Y en seguida mientras escribo me aparecen rostros e historias compartidas... Será que Dios quiere que nos vinculemos y desde la fraternidad construya mi vida...

Hoy, estoy transcurriendo el último año de seminario, y mirando para atrás hay cosas que parecen haber pasado ayer y me da la serenidad de la presencia de Jesús. Ël estuvo, está y estará siempre. Nosotros somos los que decidimos si queremos o no que entre en nuestra casa.

Haber conocido personas en situaciones de dolor, de tristeza, de pobreza, ... me llama a comprometerme seriamente con Jesús. Desde ahí Jesús nos esta preguntando “¿que querés hacer con tu vida?”... ojalá nos animemos a comprometernos con Jesús y con sus rostros concretos, y así hacer realidad el Reino de Dios en la tierra.