Peregrino

Matías Viñas

Después de terminar el CBC de ingeniería industrial empecé a caminar más concientemente por nuevos senderos: me hice peregrino, buscador. La belleza de la naturaleza que se refleja en nuestro país y la dignidad de las personas que comencé a contemplar en tantos rostros humildes, junto al deseo de seguir a Jesús, me llevó a cambiar de carrera: agronomía. Así, se iba despertando el sueño de querer irme al interior del país a construir (desde la profesión) comunidad junto a aquellos hombres que trabajan la tierra y que iba sabiendo hermanos, junto a aquellos niños, mujeres y hombres que viven escondidos para muchos, aquellos olvidados que Dios no olvida.

Después de caminar cuatro años apasionado por este sueño no había perdido aquel impulso de buscador. Mientras iba recorriendo provincias de nuestro país, sus paisajes y su gente, trabajando o misionando junto a amigos de siempre, llegué a Santiago del Estero de la mano de la parroquia. La sencillez, el silencio, la amistad, la alegría, la oración, la inocencia, el encuentro y la fiesta de esas personas me cautivaron. También me cautivó el monte... y la pobreza...

A la vuelta de esa misión, una tarde, en Mar del Plata donde nací y Dios me regaló el cariño y cuidado de una gran familia, Jesús salió a mi encuentro en la oración. Empecé a ver cómo el Espíritu Santo me había acompañado en todo este camino de búsqueda, cómo me había llevado, abriendo camino, guiado y cuidado. Y sentí la invitación en lo profundo del corazón: Jesús me invitaba a ser yo mismo tierra para que él siembre la semilla de su Reino. Y le entregué lo único que podía: mi disponibilidad y mi tiempo para que Él haga.

Después de un año hermoso y difícil acompañado por un amigo sacerdote y sobre todo por la Virgencita de Luján que siempre me tuvo en el hueco de su manto, le dije sí a Jesús, a su llamado, a su Palabra, a su amor y entré al seminario.

Ahora, transitando el quinto año me sigo sintiendo peregrino. Camino en la Iglesia junto a la comunidad del Seminario, junto al Pueblo, junto a María, junto a Dios.


“Me has tejido en el vientre materno”

(Salmo 138, 13)

 

Pablo Ernesto Dons

Mi infancia transcurrió en un pueblo de la provincia de Buenos Aires, rodeado de fogones familiares, viejos criollos y gente sencilla. El amor a la Patria y a nuestras tradiciones, junto con la veneración a la Santísima Virgen, fueron los cimientos de los valores que me inculcaron mis padres. Guardo grabadas sacramente en mis retinas las procesiones en sulkies y carros por las calles del pueblo para el día de la Inmaculada Concepción; junto con las cabalgatas que organizaba papá con sus amigos, llevando a nuestra Madre de Luján sus ofrendas y peticiones. Mi casa era (lo sigue siendo) lugar de encuentro de seminaristas, sacerdotes y gente sencilla y piadosa a la que nos unía un profundo amor a Cristo. Los años de la adolescencia están emparentados con la actividad de la parroquia. Recuerdo con gran alegría a los primeros chicos que acompañé como catequista. ¿Quién imaginaría que diez años después seguiría a Cristo de manera más intensa?  

Mis padres fueron (aún lo son) escuela y modelo de servicio y entrega desinteresada para mí y mis dos hermanos. Gracias a sus esfuerzos y a la educación que nos dieron, la vida me abría un abanico de enormes y buenas posibilidades de realización personal. Dios estaba siempre presente y con mucha libertad tracé las coordenadas de mi proyecto de vida. Ya en Buenos Aires, con mis hermanos del grupo de la parroquia, visitábamos enfermos y peregrinábamos por las casas del barrio de la mano de María Santísima. Rostros de dolor, aflicción, esperanza y alegría se me hacían cada vez más familiares; revelándome que Dios había trazado un derrotero distinto al mío desde el vientre de mi madre. Mis años de universidad transcurrían con gran entusiasmo, cientos de proyectos y viajes estaban en mi haber. Me gradué, comencé a desarrollarme profesionalmente. Trabajaba y seguía estudiando. Inconcientemente comenzaba a desandar el trazo de mi camino, salía antes de las clases para participar de la misa en la parroquia de la esquina. Preparaba bien los exámenes pero ese estilo de vida ya no me llenaba. Sentía tan intensamente el miedo como la unión cada vez más profunda con Cristo. El fuego en el corazón producto de esa unión era como el consuelo del pecho materno que recibe el chico luego de una noche de llanto. 

La decisión no era fácil, progresivamente veía como nuestro Padre es el hacedor de nuestras vidas, como toma nuestra nada existencial y la transforma. Me abandoné a la providencia y puse en sus manos mi vida entera sin reservas, encomendándome a nuestra Madre como tantas otras veces. Poco a poco Él iba poniendo gente en mi camino que me acompañaba por estas sendas impensadas, otorgándome la apertura de corazón y pensamiento para dejarme asombrar por la delicia de lo imprevisto. 

Desde hace un tiempo transito los enorme pasillos del seminario, sólo puedo decir que la vocación sacerdotal es un gran misterio que llena mi corazón de una alegría inconmensurable a los ojos de los hombres. 

Te doy gracias Señor por haberme sorprendido con tu llamado a pesar de mi debilidad y corto entendimiento humano.


“La Vocación como Alegría, Felicidad y Compromiso”

EDUARDO MARTÍN CASABAL  (Cacho)

Hablar de la vocación es difícil, porque son tantas las cosas que uno tiene para decir que el tema me sobrepasa por todos lados. Además cada vocación es distinta. Pero, bueno, a los 17 años terminando el colegio participé de una Pascua Joven, luego de un retiro organizado por el colegio y al poco tiempo me invitaron a otro retiro. Entonces yo volvía muy contento de esos fines de semana en los que empezaba a encontrarme con Jesús. Y ya no era por acompañar a mi familia, o por seguir una tradición familiar, sino porque volvía con una alegría que todas las otras cosas no me daban. Ni el fútbol, ni cualquier otro deporte, ni las salidas con amigos, aunque todas estas cosas me encantaban y me siguen gustando aún hoy.

Al poco tiempo nos fuimos de misión con el colegio, y por primera vez le planteé a un cura el tema de la vocación. Pero también le dije que me gustaba una chica y estaba empezando a salir. El Padre me tranquilizó, y me dijo que saliera con la chica, que si era “un llamado de Dios iba a verlo más claro y Él me daría la fuerza para responder”. Al poco tiempo me puse de novio, y empecé la facultad. Hice un año de Derecho y me di cuenta de que no era lo mío. Cambié de carrera y empecé a estudiar Comunicación. Mientras seguía de novio con la misma chica, y trataba de llevar una vida comprometida como laico, y me seguía acompañando con el mismo sacerdote. Después de tres años y medio, con mucho dolor corté con mi novia, y sentí que Dios me invitaba a acercarme más a Él.

Poco a poco me fui comprometiendo en la “Noche solidaria” en una parroquia cerca de mi casa. Y mientras terminaba la carrera y estaba trabajando, me sentía muy interpelado por la injusticia social, por tanta gente que veía sufría los efectos de la crisis. Entonces surgió la posibilidad de hacer una experiencia. Conocí a las Misioneras de la Caridad, las Hermanas de la Madre Teresa, y estuve más de dos meses en una casa para abuelos, abuelas y niñas en Zárate, y junto a enfermos de HIV en Benavídez. Luego me fui unos meses a Calcuta, la India, donde la Madre Teresa empezó el trabajo con “los más pobres entre los pobres”. Fui sobre todo por una experiencia social, pero Dios me había invitado a conocerlo más. A través del testimonio de las Hermanas veía que era verdad. Que el mismo Jesús que estaba en la Eucaristía era el que estaba solo, enfermo, despreciado, al costado del camino. Y el Evangelio se hacía realidad todos los días, en la calle con cada persona, en la misa diaria y en la Adoración Eucarística al finalizar el día. Fueron meses de mucho crecimiento en todo sentido, mientras nuestro país sufría una gran crisis en 2001. El corralito había llegado a la India y ya resonaban dentro mío las palabras de la Madre Teresa: “Calcuta está en tu casa…”

Tras casi seis meses volví a Buenos Aires. En ese tiempo la vocación al sacerdocio no se despertó, entonces decidí dedicarme a lo “social”, a intentar ser un laico comprometido. Hice un posgrado en Organizaciones sin Fines de Lucro, y luego empecé a trabajar en una Fundación, que otorgaba becas a niños y jóvenes que no podían continuar con sus estudios. Mientras llevaba una vida como la de cualquier joven empecé a acercarme a una parroquia, ya que necesitaba una comunidad.

Y un 19 de octubre de 2003, el día de la Beatificación de la Madre Teresa, en una misa que celebraban en la Catedral de San Isidro por ese motivo supe qué era lo que Dios quería para mi vida: “Fuiste. Es esto, que seas cura…” No faltaron argumentos en contra. Mis planes eran otros y no entendía cómo Dios quería que renunciara a una mujer, a formar una familia y demás. Con la gracia de Dios comprendí que Su Plan era más grande y que es lo que me hace más feliz. Hoy, seis años después en la última etapa del Seminario, le agradezco a Dios por su llamada a seguirlo y le pido la Gracia de ser fiel a su voluntad para así poder ser testigo Suyo para los demás.