Al
volver a repensar el camino que Dios me fui invitando a transitar en
estos años, recordando las personas, las situaciones, los momentos
dolorosos, arduos, mis pecados; como así también, las
grandes alegrías que he vivido, descubro con cariño que
Dios siempre me cuidó.
Descubro
claramente, y a la vez, sencilla y solapadamente, que Él siempre
estuvo caminando conmigo en este peregrinar de mi propia Vida. Regalo
que me hizo y me confía día a día, sosteniéndome
y ayudándome a hacerla crecer para poder repartirla a quien me
rodea.
Y
como nuestro Dios es muy creativo, sobre todo cuando invita (llama)
a una vocación particular, en mi vida se hizo presente, desde
muy pequeño, por medio de una pregunta que creció a lo
largo de los años en el interior de mi persona: ¿Qué
querés hacer de tu Vida? Ella es una de las pocas claves en las
que leo todos estos años; por eso, puedo compartirles que, a
mí, Dios no se me apareció sino que se me hizo pregunta.
Sí,
pregunta que caló hondo, que me hizo llorar y sufrir mucho, pregunta
que durante muchos años no supe contestarme y que quemaba adentro.
Pregunta que sólo pude responder balbuceando cuando me animé
a perdir ayuda, cuando empecé a rezar fuerte, cuando descubrí
que la respuesta sólo comenzaría a gestarse en la medida
en que me animara a regalarle tiempo a Jesús en el silencio de
un sagrario.
En
medio de esta búsqueda vital, porque este interrogante me ponía
frente al Sentido de mi vida, ví cumplir el texto evangélico
que afirma: “Pidan y se les dará, busquen y encontrarán,
llamen y se les abrirá, porque el que pide, recibe, el que busca,
encuentra, y al que llama se le abre” (Mt 7, 7 ss) Porque Él
mismo se encargó de cruzar personas que me ayudaron a dar luz
a lo que no entendía, algunos fueron amigos y amigas, otros sacerdotes,
religiosas, pero sobre todo fue una certeza interior: “si Dios
permite que viva esto, que ahora no entiendo, seguro que es para que
crezca bien”
Años
más tarde, esta pregunta fue tomando otro color ya que fui descubriendo
que me atraía la vida sacerdotal, a partir de la experiencia
muy rica que viví con un sacerdote joven que habían enviado
a mi parroquia. Así comencé a preguntarme: ¿Quiero
ser sacerdote?¿Podré?¿Y si me equivoco?
Tuve
que convivir con estas dudas mucho tiempo, sin embargo, percibía
¡qué misterio paradojal tan grande es este!: que para hacerlo
presente en medio de esta tierra, Dios llamaba no a los más dotados
o perfectos sino a los que Él quería (Mc 3, 13 ss), aunque
sean pobres, limitados y pecadores. Y a algunos los quiso en familias,
a otros como hombre y mujeres religiosas, y a otros como sacerdotes.
Y
la historia siguió, y aún sigue. Y puedo decir, con sinceridad,
que me sigo sorprendiendo porque en todos estos años de camino,
tratando de responder a esta pregunta, descubrí el valor del
diálogo, por medio del cual nos enriquecemos, nos volvemos más
humildes y nos abrimos a conocernos profundamente. Diálogo que
se hace pleno cuando le confío toda mi vida a Jesús, sobre
todo mis pecados, dolores y alegría, en silencio profundo de
la oración personal. Descubrí que él es un tesoro
muy apreciado que hay que cuidar y promover también en los momentos
en que envolvió ese silencio enrarecido por el cansancio, la
tristeza o mis límites.
También
descubrí con gran esfuerzo el valor de la paciencia; los seres
humanos tenemos nuestros tiempos, y como una buena comida que para que
sea rica necesita el tiempo justo, así, necesité tiempo,
y sólo Dios sabe cuanto, porque es él el único
que sabe mi punto justo.
Hoy
soy diácono, y pronto seré sacerdote, Dios mediante; pero
sin duda, le pido a Dios que me siga regalando la capacidad de sorprenderme
y que no me canse nunca de buscarlo, para que así, mi vida se
siempre un peregrinar a la Casa del Padre…
Testimonio
vocacional
Hernán
Morelli |
 |
La
voz de Dios siempre esta llamado, aun cuando hay silencio. Dios quiere
que atendamos lo que nos dice, quiere que aprendamos a escucharlo. El
es quien llama a cada uno para hacerlo feliz. Y como quiere a cada uno
personalmente, tiene pensado algo que vamos construyendo día
a día.
El llamado a la vocación sacerdotal en mi caso Dios me lo regaló
desde chico. Pero por ahí con el tiempo empecé a escuchar
con interferencia su voz, y medio que sintonicé otras voces.
Pasó el tiempo, y ya en el secundario percibía algo en
lo subterráneo de mi vida cotidiana, algo que no se veía
pero yo en mi soledad podía escuchar. Era esta voz de Dios que
seguía resonando. Y poco a poco los velos se fueron cayendo,
y me animé a darle mas atención.
Así es que comencé a colaborar aún mas en la parroquia
que me vió crecer. Llegaron las llamadas noches de la Caridad,
donde compartíamos con otros jóvenes un rato los días
martes junto a hombres, mujeres y a veces niños que vivían
en la calle. Esta experiencia de la ciudad seguramente me iba entrenando
para lo que fue la misión en Santiago del Estero.
El hecho de alejarnos de lo cotidiano para compartir la fe, ya me disponía
a vivir con mas intensidad todo lo que allí pasara. Así
fue que Dios me volvió a preguntar que me parecía la invitación
que me hacía a seguirlo desde lo sacerdotal. Y con esta pregunte
estuve un año hasta que ingresé al seminario.
Haber ingresado al seminario no fue la confirmación definitiva,
porque hay cuestiones y decisiones que vamos tomando a lo largo del
seminario. Y esto es bueno saberlo, Dios no se impone. Dios invita y
nos da la libertad para decidir. Es genial esta paternidad de Dios,
donde con paciencia y amor nos va acompañando para que seamos
sinceros y encontremos aquello que mas nos hace felices.
En esta clave, Dios me hizo atender algo que fue para mi felizmente
doloroso. Salir del seminario para conocer otra realidad, conocer otras
personas y otra forma de vivir. Tuve la gracia de estar en Los Menucos,
provincia de Río Negro, durante un año. Allí, junto
al silencio, el viento y el frío conocí la calidez de
las personas simples que viven en zonas rurales. Y en seguida mientras
escribo me aparecen rostros e historias compartidas... Será que
Dios quiere que nos vinculemos y desde la fraternidad construya mi vida...
Hoy, estoy transcurriendo el último año de seminario,
y mirando para atrás hay cosas que parecen haber pasado ayer
y me da la serenidad de la presencia de Jesús. Ël estuvo,
está y estará siempre. Nosotros somos los que decidimos
si queremos o no que entre en nuestra casa.
Haber conocido personas en situaciones de dolor, de tristeza, de pobreza,
... me llama a comprometerme seriamente con Jesús. Desde ahí
Jesús nos esta preguntando “¿que querés hacer
con tu vida?”... ojalá nos animemos a comprometernos con
Jesús y con sus rostros concretos, y así hacer realidad
el Reino de Dios en la tierra.