Lo que marcó

 

Francisco Javier Viña Romero - 1 °etapa

 

Si alguien me preguntara qué fue lo que pasó en mi vida para tomar la decisión de entrar al seminario,  en otras palabras, de jugármela por Dios, diría que hubo y hay varios motivos, pero algunos que realmente marcaron mi vida. Dos voy a compartir, el primero siendo chico, y el segundo durante el año previo a mi ingreso.

Lo primero que me pasó, no recuerdo la edad exacta pero era muy chico, tal vez siete años tendría, y fue ver la película “Hermano sol, Hermana luna” sobre la vida de San Francisco de Asís. Desde ese día quise ser como San Francisco. Seguir a Jesús se me presentó como la mejor aventura que una persona puede tener, Jesús y sus Santos me admiraron. Tal vez suene absurdo que una película valga tanto para alguien, pero lo importante en sí no fue la película sino la admiración que causó en mi. Un cura me dijo el día del ingreso al seminario, uno es lo que recibió y aquello por lo que se dejó admirar. Bueno, por gracia de Dios recibí esto y desde ese día algo se grabó en mi corazón, tal vez el llamado. Digo que se grabó porque, incluso después, estando en el secundario y sin ser muy practicante que digamos, tenía proyectos de vida muy distintos a los que Jesús propone. Pero en mí existía un ideal mucho más grande, perder la vida para ganarla, vivir para otro, dar para recibir, eso realmente no salía de mi asombro, era algo demasiado grande, ni hablar de dejarlo todo y seguirlo.

Ya durante la facultad, estando en mi segundo año de la carrera de Ciencias Económicas en la UBA, decidí asomarme a algo que siempre había querido. Llamé a uno de los curas de la villa 31(retiro) y le pregunté qué podía hacer. Así comencé en la villa, primero en un comedor los miércoles, y luego yendo a una de las capillas los sábados a la tarde, para luego ir a otra los mismos sábados a la mañana para dar clases de apoyo a los chicos. En ella me fui encontrando con Dios no solo en mi vida, sino en la vida de la gente, en la gente misma. Dentro de tanta necesidad, una como fundamental, el amor de Dios. De esta forma, cosa que va, cosa que viene, que un sábado después de haber estado todo el día en la villa y habiéndome levantado muy de madrugada, estando tirado en la cama como quien llega de un día largo en el que no paró de hacer cosas, me llega la sensación de estar tremendamente cansado, e increíblemente lleno. La sensación de estar completo, de estar cansado con una profunda paz, en otras palabras, la promesa de Jesús en los hechos de los apóstoles “la felicidad está mas en dar que en recibir”. Esa palabra se hizo carne, lo comprobé, y supe que quería solo esto para mi vida. Claro que en medio de todo esto yo ya me hacia esta pregunta de si Dios me llama a darlo todo solo para Él y para su pueblo desde el sacerdocio. Bueno, la paz que me regalo fue signo para mí de lo que estaba llamado a vivir el resto de mi vida, de lo que hoy creo estoy llamado a vivir, y de lo que espero viva siempre, mientras sea la voluntad de Dios. Esto es, llevar a Cristo a todos lados, anunciarlo, llevarlo a los que más lo necesitan, ser testigo de su amor donde quiera que esté al modo del Buen Pastor.

 

¿Por qué no?

 

Ezequiel Augusto Castañer - 2 °etapa

En esta ocasión, me toca escribir este breve testimonio para compartir con ustedes cómo descubrí mi vocación al sacerdocio.
Todo comenzó con “un testimonio” y “una pregunta”. Pero no una pregunta que surgió directamente desde dentro sino que fue suscitada por aquel testimonio de vida.

Antes, quiero hacer un poco de historia. Mi familia siempre fue creyente pero no practicante. Sólo íbamos a misa para Domingo de Ramos y Pascua. Yo por mi parte siempre fui a escuelas católicas donde recibí los sacramentos de la Eucaristía y la Confirmación, y donde teníamos misa mensualmente. Pero de todas maneras no fue sino hasta 3° año de la secundaria que empecé a ir a misa por propia iniciativa a la parroquia Inmaculada Concepción (D). Luego de todo un año de acercarme nuevamente a la Iglesia, me proponen dar catequesis en dicha parroquia, y así comenzó mi vida parroquial y pastoral.

Y ahora sí llegamos al testimonio y a la pregunta de la que les hablaba al principio. Estaba en 5° año de la secundaria y cada vez me atraían más las “cosas de Dios”. Quería conocerlo más y aprender más sobre Él. Fue así que hablé con un seminarista para saber cómo se hacía para estudiar más sobre Dios. Aquel enseguida me citó para charlar y me contó sobre la Facultad de Teología (UCA). Pero al final de la charla lanzó la pregunta crucial: “Qué raro que quieras estudiar teología… ¿Nunca pensaste en ser sacerdote?”. En ese momento mi respuesta fue clara y rotunda: “¡Ni loco!”. Terminó la charla y me fui a mi casa. Pero en el camino tuve una sensación muy fuerte: sentí que algo inmenso y maravilloso se me venía encima, algo se había despertado en mí a través de ese testimonio, una pregunta. Y tuve la certeza absoluta de que ahí se jugaba TODA MI VIDA. Tenía que responder a esa pregunta que a simple vista venía desde fuera pero que ahora surgía desde dentro de otra manera: “¿Por qué no?”.

Así comenzó un largo proceso de discernimiento de la voluntad de Dios en mi vida. Y gracias a la mediación de un sacerdote que me acompañó durante todo el camino como mi director espiritual, fui descubriendo el proyecto de Dios, mi camino hacia la felicidad, hacia la santidad.

Durante todo ese tiempo de discernimiento, además del acompañamiento espiritual, mis grandes pilares fueron la Eucaristía diaria, la oración frente al Santísimo y con la Palabra de Dios, el Rosario y el apostolado.

Y finalmente llegó el momento de la opción. El día que manifesté mi decisión de entregar mi vida a Jesús por completo en el sacerdocio ministerial, fue uno de los días más felices de mi vida. Ya empezaba a concretar el proyecto de Dios, se trataba de mi primer gran paso, mi primera gran decisión. Y esto me traía mucho gozo, paz y libertad. Luego, era cuestión de poner los medios para empezar a concretar esa opción: pedir el ingreso al seminario, ingresar. Ya dentro del seminario, afianzar la vocación, integrar y consolidar (cosas que aún hoy sigo trabajando).

Les comparto que realmente estoy muy feliz y con muchas ganas de continuar en este camino que el Señor me propone recorrer, y pido la gracia de poder crecer en perseverancia y fidelidad a la vocación a la que me ha llamado: entregar mi vida y ser un sacerdote de Cristo para dar la vida.
Es una gracia para mí poder recorrer este camino en compañía de Jesús, María, José y toda la comunidad del seminario.

Unidos en Jesús Eucaristía!

 

 

"Elegidos, bendecidos, partidos y entregados"

 

Guido Petrazzini - 3°etapa

 

Soy Guido seminarista de 6º año. Compartir la vocación es algo hermoso y casi sagrado porque es compartir la propia vida y compartir a Dios. Por eso quería tomar estas cuatro palabras de la consagración –elegidos, bendecidos, partidos y entregados- porque siento que representan mi vida y la vocación que Dios me regala.

Yo pertenezco a una familia muy pequeña donde nunca se vivió con fervor la religión pero si la libertad. Mi vida transcurrió como la de cualquier joven. Terminé la escuela y comencé a estudiar para Ingeniero agrónomo. En el medio comencé a participar en la parroquia del Pilar donde me confirmé y continué luego en los grupos de jóvenes misionando, visitando enfermos y rezando frente a Jesús eucaristía.

Algunos hechos me cambiaron mucho la vida. Por un lado a los 16 años participé de una misión que la escuela tenía, apadrinando una escuelita de frontera en San Juan. Por otra parte, quiero también mencionar la enfermedad y muerte de madrina a quien tanto quería. Conocer otra realidad tan distinta de la ciudad y la vivencia de un momento tan duro para mí, me dejaron algunos interrogantes que todavía hoy sigo tratando de responder con mi propia vida: ¿Por qué mi vida, por qué el sufrimiento, por qué tantas diferencias entre seres humanos, para qué mi vida?

Es así que surgió mi vocación. Había descubierto que vivir para y por los demás me llenaba la vida, la existencia y sobre todo el corazón. Por eso me animé a seguir adelante, a charlarlo con un sacerdote y finalmente a dejar los proyectos que tenía para entrar al seminario.

El camino del seminario me ayudó a descubrir que este llamado venía realmente de él. Poco a poco Dios se encargó de confirmar mi intuición. Me hizo darme cuenta que Él verdaderamente me había elegido como a David, sacándome del fondo del rebaño, para ser sacerdote algún día. Entonces fue que esta elección se transformó en una bendición para mi vida. Recorrer el camino del seminario es recorrer el camino de Jesús, es aprender a ser su discípulo, es aprender a amar cada día más, primero a Él y luego a los demás.

Recorrer el camino del seminario es reconocerse Hijo muy querido de Dios pero también es reconocer que estamos “partidos” por nuestras fragilidades, por nuestras carencias de amor, por nuestro orgullo o por nuestro egoísmo. Y es ahí cuando sentimos que Dios nos vuelve a elegir con mayor fuerza y nuevamente nos hace Hijos suyos, nos bendice, nos perdona y nos da a los demás para que todos conozcan su gran amor.

Para mí, ser sacerdote es ser para los demás, es ser para la comunión, para amar a mis hermanos mostrándoles el amor que Dios les tiene, mostrándoles que ellos también son elegidos y bendecidos por Él para ser sus Hijos. Quiero ser testigo de su perdón, de su sanación, de su misericordia, de su presencia, de su protección, de su paz y de su alegría. La misma vida plena y abundante que me regaló Jesús dando su vida por mí en la cruz es la que quiero transmitir dándome a los demás porque “conocer a Jesús es lo mejor que me pasó en la vida”.

 

"Me atraías con ataduras de amor "

 

Sebastián Condomiña - 2°etapa

 

Hay una frase del profeta Oseas que describe el profundo amor de Dios por su Pueblo que siempre resonó en mi corazón: “Yo lo atraía con lazos humanos, con ataduras de amor” (Os 11,4). Toda historia vocacional es un Dios que llama a su encuentro y un hombre que responde. Mi historia es, con sus luces y sombras, un intento de respuesta a ese amor.

No hay nada de extraordinario en mi infancia y adolescencia. Fueron mis papás mis primeros catequistas. Uno de mis primeros recuerdos es estar rezando con mi mamá y mis hermanos antes de acostarnos. Éramos de misa dominical, pero nunca formamos parte de una comunidad parroquial. Mi parroquia, de alguna manera, era el Colegio Manuel Belgrano, donde me formé desde los tres años hasta quinto año del secundario.

Hay personas que saben desde siempre lo que quieren ser; no fue mi caso. Nunca se me pasó por la cabeza ser sacerdote. Terminé el secundario y comencé a estudiar Ciencias Políticas. Era realmente feliz, con un proyecto de familia y una carrera por delante. Participaba del grupo de exalumnos del colegio, con quienes íbamos a misionar, dábamos retiros y ayudábamos en un comedor para chicos en el Barrio de Piedrabuena. Eran muchas cosas, pero yo sentía que era insuficiente. Cada vez me iba llenando de más y más cosas, hasta que entendí que no era una cuestión de cantidad, sino de calidad. Dios me pedía que dejara todo y lo siguiera.

No fue fácil decirle que sí. Pero Él es Padre, y me atraía con ataduras de amor. Me iba mostrando por donde pasaba mi felicidad. Me gustaría contarles un ejemplo de esto. Cuando estaba en primer año de la facultad, aprovechaba algunos recreos largos para ir a misa y de paso charlar con un cura amigo. Todavía no había aparecido el tema de la vocación, y yo era muy feliz con mi proyecto de vida. Un día se acerca una compañera de curso, y me dice que ella nunca había ido a misa, que estaba bautizada pero que nunca más se había acercado a una iglesia. Me preguntó que hacíamos, y yo la invité a venir ese día a misa conmigo. Fuimos a misa, y el Señor le ganó el corazón. Unos meses más tarde, tomaba la comunión y se confirmaba. Dios me mostraba que sin que yo hiciera nada, Él podía hacer grandes cosas. Me di cuenta por primera vez lo feliz que me hacía ser instrumento de Dios. Sentía en lo profundo del corazón que el llamado era, como siempre que es de Dios, a la felicidad.

Hoy, cuatro años más tarde, me sigue llamando y atrayendo. Día a día descubro que la felicidad pasa por el proyecto de Dios en nuestras vidas. Porque Él es fiel a ese llamado, y no abandona la obra de sus manos.

 

 

¿Por qué yo?

 

Gonzalo Ríos - 1°etapa

 

¿Por qué yo? Si no quería cambiar mi vida, si estaba bien con mis amistades y mi cero compromiso con los demás, si me divertía saliendo y no tener responsabilidad. Todo era muy fácil a mis 15 años. Pero en el mes de Junio del 2005, en un retiro espiritual, Jesús fue a buscarme y me llamó a compartir su vida. Este encuentro, cara a cara ante la cruz, en el Campo de deportes de mi colegio, me cambió todos mis proyectos. Abrí los ojos a lo que mis padres quisieron enseñarme toda mi vida, y me di cuenta que Jesús me amaba sin importarle mis faltas de perdón, de caridad, de amor…

Cuando uno conoce a Jesús, es imposible quedarte mirando, ya que su vida contada por los Evangelios es una invitación a seguir sus pasos. Así fue que empecé a misionar, a compartir la catequesis, a participar del grupo de oración de la Parroquia, los grupo de niños, organizar y participar de retiros espirituales… me fui llenando de un Dios que me decía: “Vine para que tengan vida, y la tengan en abundancia”.  Comencé a descubrir más profundamente a Dios, descubrir su grandeza, su trascendencia en mi vida, la inmensidad y la creación de todo. Y comencé a notar en mi vida, la huella de Dios. Y en momentos de reflexión, miré para atrás y noté su presencia en absolutamente todo lo vivido, jamás me encontré solo. Cuando hacía alguna macana, Él me cuidaba, cuando yo me reía, se alegraba conmigo. Miré un poco mas allá y encontré el regalo de la familia que Dios me dio, tanto amor que me enseñaron y la fe que me inculcaron, cuanto les agradezco.

Luego de algunos años de apostolado en la Parroquia Santa Elena y en el Colegio Guadalupe, lo cotidiano se transformó en motivo de oración, y con 17 años, me encontré, sin darme cuenta del crecimiento interior, con que Dios era el centro de mi vida, todo lo hacía o lo quería hacer por Él. Y es así que puso en mi camino a un sacerdote, joven, que cautivó mi vocación y me enseñó que mi anhelo de ser un buen padre de familia, podía tenerlo siendo cura, no siendo padre de algunos, ¡sino de todos! Él me acompañó y animó a entregar mi vida a Jesucristo. Y a medida que iba creciendo mi amor por el Buen Pastor e iba descubriendo su gracia en mi vida, era como que me quemaba, sentía una llama dentro que necesitaba esparcirla, entregarla a los demás.

Un día un amigo me dijo que en nuestras charlas siempre lo aconsejaba con una cita bíblica, y me preguntó: ¿Vos no terminarás siendo cura, no? Cuando uno te lo dice pensás que está loco, pero cuando te lo dicen muchos te llegas a preguntar…  y voy a citar a un sacerdote que nos predicó un retiro: “¿Vale la pena vivir si no se está dispuesto a entregar la vida por el otro?” ¡Y acá me encuentro, habiendo hecho un año introductorio, que fue un regalo de Dios! El silencio, los retiros, y cuanto aprendí de mis hermanos de comunidad, me hacen mejor persona día a día. ¡Cómo disfruté esas dos horas diarias en silencio! Cuantas veces me senté frente al Sagrario sin decir una palabra, esperando que sea Jesús el que vaya modelando mi corazón. Y ahora acá estoy, en mi segundo año en el Seminario, primero en Devoto, junto a Jesús, al que le estoy muy agradecido por regalarnos la Eucaristía diaria, que es el anticipo del Cielo! Y la Palabra de Dios es una herramienta que disfruto diariamente, es ahí que tengo todas las respuestas a mis tristezas, a mis momentos difíciles y a mis dudas.

Uno deja muchas cosas por seguir a Jesús, pero es lo que nos ha pedido! Me lo devuelve al ciento por uno en la vida diaria! Termino con una frase que escribió un sacerdote en momentos de amor y de dolor, de oración y de lucha: “Señor, Tú lo sabes todo, Tú lo puedes todo y Tú me amas. Guía mis pasos, Señor, según tu voluntad”. Dije muchas veces la palabra Vida, es que… “Para mi la Vida es Cristo”.

 

 

 

Pedro Giudice - ARP

Cada día en esta nueva experiencia que me propone el Seminario y la Iglesia, debe arrancar con la mirada puesta en Aquel que me llamó. Sino nada de lo que viva después tendrá sentido ni sabor. Si Él no viene conmigo, pierdo frescura, alegría, paz. Pierdo todo.
Cada nuevo día es un seguir aprendiendo, creciendo y madurando lo que ya he comenzado a trabajar en el Seminario. Es un volver a encontrarme con mis hermanos que vienen acá a la parroquia sedientos de Dios y de amor. Muchas actividades: clases, reuniones para preparar esto o aquello, catequesis, monaguillos, jóvenes o ancianos. Y allí voy descubriendo Su Presencia, y de verdad me doy cuenta que Dios pasa a través mío y que lo puedo ir descubriendo en los demás.
A medida que va pasando el tiempo siento que mi corazón va entrando más. Dios me invita a dejar todo en lo que hago, a vivirlo al máximo. Y aunque sabiéndome pobre y que mi misión hoy simplemente pasa por "acompañar" algunos grupos o actividades, a pesar de eso voy conociendo historias, heridas, mucha abundancia de talento y también mucho límite humano. Y es donde Dios me invita a sembrar. En tierra muy fecunda pero con mucho límite. Hablo de mi tierra y de la de los demás. Allí es donde Jesús quiso entrar cuando vino a este mundo.
Y así voy recorriendo este camino del ARP. Siempre intentando no perder de vista a Jesús y pidiéndole que tome cada día más mi corazón, que me enamore de ÉL cada día un poquito más. Y a la vez voy saboreando cómo es vivir en una parroquia, vivir más de cerquita la vida de un sacerdote, y aprender aunque sea un poco el trabajo del Pastor y de su rebaño. Conocer la Iglesia y cómo se organiza en las distintas actividades.
Esto es lo que voy experimentando en estos pocos días que llevo viviendo en la parroquia. Disfruto mucho cada momento y sobre todo la fraternidad con los sacerdotes. Hacia las horas de la tarde siempre intento ir bajando las revoluciones e ir poniendo todo lo vivido, mis cansancios y sentimientos en manos de Jesús, para que nada de lo vivido se me "pase" sino que vaya dejando huella en mi corazón. Para que cada persona, cada charla, cada mate lleguen a las fibras más ondas de mi interior y me sigan enseñando a descubrir el gran misterio del Amor amado: Jesucristo.