Después de terminar el CBC de ingeniería industrial empecé a caminar más
concientemente por nuevos senderos: me hice peregrino, buscador. La
belleza de la naturaleza que se refleja en nuestro país y la dignidad de
las personas que comencé a contemplar en tantos rostros humildes, junto
al deseo de seguir a Jesús, me llevó a cambiar de carrera: agronomía.
Así, se iba despertando el sueño de querer irme al interior del país a
construir (desde la profesión) comunidad junto a aquellos hombres que
trabajan la tierra y que iba sabiendo hermanos, junto a aquellos niños,
mujeres y hombres que viven escondidos para muchos, aquellos olvidados
que Dios no olvida.
Después de caminar cuatro años apasionado por este sueño no había
perdido aquel impulso de buscador. Mientras iba recorriendo provincias
de nuestro país, sus paisajes y su gente, trabajando o misionando junto
a amigos de siempre, llegué a Santiago del Estero de la mano de la
parroquia. La sencillez, el silencio, la amistad, la alegría, la
oración, la inocencia, el encuentro y la fiesta de esas personas me
cautivaron. También me cautivó el monte... y la pobreza...
A
la vuelta de esa misión, una tarde, en Mar del Plata donde nací y Dios
me regaló el cariño y cuidado de una gran familia, Jesús salió a mi
encuentro en la oración. Empecé a ver cómo el Espíritu Santo me había
acompañado en todo este camino de búsqueda, cómo me había llevado,
abriendo camino, guiado y cuidado. Y sentí la invitación en lo profundo
del corazón: Jesús me invitaba a ser yo mismo tierra para que él siembre
la semilla de su Reino. Y le entregué lo único que podía: mi
disponibilidad y mi tiempo para que Él haga.
Después de un año hermoso y difícil acompañado por un amigo sacerdote y
sobre todo por la Virgencita de Luján que siempre me tuvo en el hueco de
su manto, le dije sí a Jesús, a su llamado, a su Palabra, a su amor y
entré al seminario.
Ahora, transitando el quinto año me sigo sintiendo peregrino. Camino en
la Iglesia junto a la comunidad del Seminario, junto al Pueblo, junto a
María, junto a Dios.
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“Me has
tejido en el vientre materno”
(Salmo 138, 13)
Pablo Ernesto
Dons |
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Mi
infancia transcurrió en un pueblo de la provincia de Buenos Aires,
rodeado de fogones familiares, viejos criollos y gente sencilla. El amor
a la Patria y a nuestras tradiciones, junto con la veneración a la
Santísima Virgen, fueron los cimientos de los valores que me inculcaron
mis padres. Guardo grabadas sacramente en mis retinas las procesiones en
sulkies y carros por las calles del pueblo para el día de la Inmaculada
Concepción; junto con las cabalgatas que organizaba papá con sus amigos,
llevando a nuestra Madre de Luján sus ofrendas y peticiones. Mi casa era
(lo sigue siendo) lugar de encuentro de seminaristas, sacerdotes y gente
sencilla y piadosa a la que nos unía un profundo amor a Cristo. Los años
de la adolescencia están emparentados con la actividad de la parroquia.
Recuerdo con gran alegría a los primeros chicos que acompañé como
catequista. ¿Quién imaginaría que diez años después seguiría a Cristo de
manera más intensa?
Mis padres
fueron (aún lo son) escuela y modelo de servicio y entrega desinteresada
para mí y mis dos hermanos. Gracias a sus esfuerzos y a la educación que
nos dieron, la vida me abría un abanico de enormes y buenas
posibilidades de realización personal. Dios estaba siempre presente y
con mucha libertad tracé las coordenadas de mi proyecto de vida. Ya en
Buenos Aires, con mis hermanos del grupo de la parroquia, visitábamos
enfermos y peregrinábamos por las casas del barrio de la mano de María
Santísima. Rostros de dolor, aflicción, esperanza y alegría se me hacían
cada vez más familiares; revelándome que Dios había trazado un derrotero
distinto al mío desde el vientre de mi madre. Mis años de universidad
transcurrían con gran entusiasmo, cientos de proyectos y viajes estaban
en mi haber. Me gradué, comencé a desarrollarme profesionalmente.
Trabajaba y seguía estudiando. Inconcientemente comenzaba a desandar el
trazo de mi camino, salía antes de las clases para participar de la misa
en la parroquia de la esquina. Preparaba bien los exámenes pero ese
estilo de vida ya no me llenaba. Sentía tan intensamente el miedo como
la unión cada vez más profunda con Cristo. El fuego en el corazón
producto de esa unión era como el consuelo del pecho materno que recibe
el chico luego de una noche de llanto.
La
decisión no era fácil, progresivamente veía como nuestro Padre es el
hacedor de nuestras vidas, como toma nuestra nada existencial y la
transforma. Me abandoné a la providencia y puse en sus manos mi vida
entera sin reservas, encomendándome a nuestra Madre como tantas otras
veces. Poco a poco Él iba poniendo gente en mi camino que me acompañaba
por estas sendas impensadas, otorgándome la apertura de corazón y
pensamiento para dejarme asombrar por la delicia de lo imprevisto.
Desde hace
un tiempo transito los enorme pasillos del seminario, sólo puedo decir
que la vocación sacerdotal es un gran misterio que llena mi corazón de
una alegría inconmensurable a los ojos de los hombres.
Te doy
gracias Señor por haberme sorprendido con tu llamado a pesar de mi
debilidad y corto entendimiento humano.
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“La
Vocación como Alegría, Felicidad y Compromiso”
EDUARDO MARTÍN
CASABAL (Cacho) |
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Hablar de
la vocación es difícil, porque son tantas las cosas que uno tiene para
decir que el tema me sobrepasa por todos lados. Además cada vocación es
distinta. Pero, bueno, a los 17 años terminando el colegio participé de
una Pascua Joven, luego de un retiro organizado por el colegio y al poco
tiempo me invitaron a otro retiro. Entonces yo volvía muy contento de
esos fines de semana en los que empezaba a encontrarme con Jesús. Y ya
no era por acompañar a mi familia, o por seguir una tradición familiar,
sino porque volvía con una alegría que todas las otras cosas no me
daban. Ni el fútbol, ni cualquier otro deporte, ni las salidas con
amigos, aunque todas estas cosas me encantaban y me siguen gustando aún
hoy.
Al poco
tiempo nos fuimos de misión con el colegio, y por primera vez le planteé
a un cura el tema de la vocación. Pero también le dije que me gustaba
una chica y estaba empezando a salir. El Padre me tranquilizó, y me dijo
que saliera con la chica, que si era “un llamado de Dios iba a verlo más
claro y Él me daría la fuerza para responder”. Al poco tiempo me puse de
novio, y empecé la facultad. Hice un año de Derecho y me di cuenta de
que no era lo mío. Cambié de carrera y empecé a estudiar Comunicación.
Mientras seguía de novio con la misma chica, y trataba de llevar una
vida comprometida como laico, y me seguía acompañando con el mismo
sacerdote. Después de tres años y medio, con mucho dolor corté con mi
novia, y sentí que Dios me invitaba a acercarme más a Él.
Poco a
poco me fui comprometiendo en la “Noche solidaria” en una parroquia
cerca de mi casa. Y mientras terminaba la carrera y estaba trabajando,
me sentía muy interpelado por la injusticia social, por tanta gente que
veía sufría los efectos de la crisis. Entonces surgió la posibilidad de
hacer una experiencia. Conocí a las Misioneras de la Caridad, las
Hermanas de la Madre Teresa, y estuve más de dos meses en una casa para
abuelos, abuelas y niñas en Zárate, y junto a enfermos de HIV en
Benavídez. Luego me fui unos meses a Calcuta, la India, donde la Madre
Teresa empezó el trabajo con “los más pobres entre los pobres”. Fui
sobre todo por una experiencia social, pero Dios me había invitado a
conocerlo más. A través del testimonio de las Hermanas veía que era
verdad. Que el mismo Jesús que estaba en la Eucaristía era el que estaba
solo, enfermo, despreciado, al costado del camino. Y el Evangelio se
hacía realidad todos los días, en la calle con cada persona, en la misa
diaria y en la Adoración Eucarística al finalizar el día. Fueron meses
de mucho crecimiento en todo sentido, mientras nuestro país sufría una
gran crisis en 2001. El corralito había llegado a la India y ya
resonaban dentro mío las palabras de la Madre Teresa: “Calcuta está en
tu casa…”
Tras casi
seis meses volví a Buenos Aires. En ese tiempo la vocación al sacerdocio
no se despertó, entonces decidí dedicarme a lo “social”, a intentar ser
un laico comprometido. Hice un posgrado en Organizaciones sin Fines de
Lucro, y luego empecé a trabajar en una Fundación, que otorgaba becas a
niños y jóvenes que no podían continuar con sus estudios. Mientras
llevaba una vida como la de cualquier joven empecé a acercarme a una
parroquia, ya que necesitaba una comunidad.
Y un 19 de
octubre de 2003, el día de la Beatificación de la Madre Teresa, en una
misa que celebraban en la Catedral de San Isidro por ese motivo supe qué
era lo que Dios quería para mi vida: “Fuiste. Es esto, que seas cura…”
No faltaron argumentos en contra. Mis planes eran otros y no entendía
cómo Dios quería que renunciara a una mujer, a formar una familia y
demás. Con la gracia de Dios comprendí que Su Plan era más grande y que
es lo que me hace más feliz. Hoy, seis años después en la última etapa
del Seminario, le agradezco a Dios por su llamada a seguirlo y le pido
la Gracia de ser fiel a su voluntad para así poder ser testigo Suyo para
los demás.