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¿Cómo
nos formamos?
Dimensiones de la formación
- Dimensión humana
- Dimensión comunitaria
- Dimensión espiritual
- Dimensión intelectual
- Dimensión pastoral
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Etapas de la formación
1. Curso Introductorio
2. Primera etapa: previa a la Admisión
3. Segunda etapa: Admisión y ministerio del lector
4. Tercera etapa: ministerio del Acólito
5. Cuarta etapa: Diaconado
Dimensión humana
El futuro sacerdote debe conocer en profundidad el corazón
humano, intuir sus dificultades y problemas no solo para una madura
realización de si mismo, sino, principalmente, en vistas al
cuidado de la porción del Pueblo de Dios que se le encomendará.
Las principales virtudes y valores humanos y cristianos son la base
de esta formación humana, para que el futuro sacerdote sea
amable, leal, correcto en formas y prudente al hablar, exhortar, etc.
También se trabaja la capacidad de relación para que
sea un factor de comunión en la Iglesia y no de desunión,
como así también la afectividad y el celibato, como
opción libre y donación por entero de uno mismo al servicio
del pueblo de Dios.
Dimensión
comunitaria
En esta dimensión se quiere volver a tener la experiencia de
la primera comunidad de los apóstoles junto a Jesús.
Así los seminaristas comparten con sus pares y con los sacerdotes
formadores una vida similar a la de la primera comunidad. Todo esto
para fomentar la futura fraternidad presbiteral. También el
dialogo, el compartir experiencias personales, hace crecer en experiencia
de vida y en la maduración personal de cada seminarista.
Dimensión
espiritual
"Nos has hecho para ti y nuestro corazón esta inquieto
hasta que descanse en ti" (San Agustín). Este deseo de
Dios que late en cada corazón es un ámbito para trabajar
en el seminarista. La formación espiritual debe formar integralmente
al seminarista pues constituye el centro vital que unifica y vivifica
el ejercicio del ministerio sacerdotal. Esta formación tiene
en miras a que el seminarista viva en un trato familiar y asiduo con
el Padre por su Hijo, Jesucristo, y en el Espíritu Santo. Para
ello el director espiritual lo ayuda a caminar en la senda del conocimiento
de Jesucristo para que progresivamente se configure con Él.
Dimensión
intelectual
Uno de los oficios del Pastor es el de ser profeta. Por medio de la
formación intelectual el seminarista se prepara para la labor
de enseñanza que tendrá una vez ordenado. Mas que nunca
hoy en día, en donde se vive en un clima de indiferentismo
religioso, el futuro sacerdote debe estar preparado intelectualmente
para dialogar con el mundo. Que tenga como base la fe, pero una fe
en dialogo con la razón. Los seminaristas concurren diariamente
a clases en la Facultad de Teología de la Universidad Católica
Argentina, la cual tiene sus dependencias dentro del mismo seminario.
Allí estudian junto con otros seminaristas, consagrados y laicos,
en un clima familiar que expresa y nutre la experiencia de ser Iglesia.
Dimensión
pastoral
El seminarista se forma para que con toda su vida pueda comunicar
la caridad del mismo Cristo, que es el Buen Pastor. En el proceso
formativo se pone mucho énfasis en esta configuración
para que el futuro sacerdote sea un pastor entregado y solicito para
con la porción de rebaño que se le encomendará.
Mas toda la formación pastoral, debe estar encaminada a que
el seminarista pueda, en medio del trabajo con el pueblo de Dios,
tener una comunión mas profunda con Jesús, Buen Pastor,
y que pueda de esa experiencia hacer una continua fuente de oración
y acción de gracias a Dios. Por eso, Cada fin de semana, cada
seminarista es enviado a una Parroquia en la cual trabaja junto a
los sacerdotes de ella. Así mismo, lo hace a través
de las distintas Obras de Misericordia en hospitales, geriátricos,
orfelinatos, cárceles, y el Acompañamiento en los cementerios
de la Capital Federal.
Curso Introductorio
El Curso Introductorio o Propedéutico está constituido por los jóvenes que comienzan su formación hacia el sacerdocio, en el Instituto Vocacional San José. Su duración es de un año lectivo. Consiste en un período especial destinado a considerar “la grandeza y naturaleza de la vocación sacerdotal y las obligaciones a ella inherentes, para que los candidatos se entreguen a una madurada deliberación, por medio de una reflexión más cuidadosa y una más intensa oración”. |
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El objetivo de este año es iniciar, desde el Seminario, el discernimiento, primer acompañamiento e iluminación de la vocación al sacerdocio ministerial, para ir modelando el corazón del pastor. Esto se realiza mediante la iniciación en las cinco dimensiones de la formación, con especial referencia a las dimensiones humana, comunitaria y espiritual, y en un clima religioso, donde cada uno pueda tener una fuerte experiencia de Dios. |
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La identidad propia de esta etapa es la disponibilidad del hombre llamado por Dios a seguir a Cristo en el ministerio sacerdotal. |
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El eje bíblico de esta etapa puede sintetizarse en la frase del Señor: “Ven y sígueme”(Mt.19,21). |
Primera etapa: previa a la Admisión
Pertenecen a esta etapa los seminaristas de primero y segundo año de estudios eclesiásticos. Coincide con los primeros años del sexenio con predominio de los estudios filosóficos. |
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El objetivo de esta etapa es afianzar:
-la opción vocacional, verificándola e internalizándola en orden a la Admisión;
-un desarrollo humano y cristiano básico y estable. |
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Respecto al objetivo enunciado, la verificación e internalización de la opción vocacional exige que el seminarista mire de frente la opción que ya ha hecho y la profundice desde motivaciones rectas y firmes, objetivables a través de claros signos vocacionales. |
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Para afianzar el desarrollo humano y cristiano básico y estable el seminarista debe madurar en el ejercicio de su propia libertad y responsabilidad (autoformación), siendo dócil a la voluntad de Dios en lo cotidiano. |
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La identidad propia a desarrollar en esta etapa es la del hombre consagrado. |
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El eje bíblico que puede sintetizar esta etapa es la frase del Señor: “Dejándolo todo, lo siguieron” (Lc.5,11). |
Los primeros meses de esta etapa son un tiempo de ubicación y asentamiento del seminarista en su nueva realidad. Durante el primer año, el seminarista vive una serie de circunstancias que es necesario acompañar de cerca: el cambio de lugar (del Introductorio al Seminario Mayor); el encuentro con la comunidad mayor y, por lo tanto, con un ambiente de menor contención; el comienzo de los estudios filosóficos con las consecuentes exigencias académicas; y, por último, una mayor libertad de estructura.
Segunda etapa: Admisión y ministerio del Lector
Pertenecen a esta etapa los seminaristas de tercer y cuarto año de estudios eclesiásticos. Es una etapa caracterizada por los estudios teológicos. |
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El objetivo de esta etapa es integrar las distintas dimensiones de la formación, en torno a la persona de Cristo Palabra. |
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En referencia a este objetivo, se trata de que el seminarista aprenda a leer, escuchar, celebrar y transmitir la Palabra de Dios, desde los distintos lugares teológicos, es decir, la Sagrada Escritura, la Liturgia, la vida de la Iglesia, la Teología, la propia historia personal, etc. |
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La identidad propia a desarrollar en esta etapa es la del hombre enviado. |
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El eje bíblico que puede sintetizar esta etapa es la frase evangélica: “En tu Palabra echaré las redes” (Lc.5,5). |
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Esta etapa se caracteriza por: la Admisión a las Órdenes, el Ministerio del lector, la primera consolidación de la identidad ministerial y la inserción mayor en la Iglesia Arquidiocesana, en un marco de cambios. |
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La Admisión a las Sagradas Órdenes es el paso más importante en el proceso de la formación. Constituye, de parte de la Iglesia, el reconocimiento público de la objetividad de los signos vocacionales del seminarista, ante su libre y responsable petición. Al ser admitido por el Obispo, se constituye así, en candidato cierto al Orden Sagrado. |
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El Ministerio del Lector, conferido también en esta etapa, configura al seminarista como el hombre de la Palabra de Dios, en consonancia con la actitud contemplativa y profética propia del hombre enviado. Tal ministerio implica una especial cercanía y familiaridad con la Palabra de Dios, para poder transmitirla con fidelidad. Junto con el ministerio, el seminarista recibe su primer envío a una comunidad bajo la guía de un párroco, y, en algunos casos, también a otro destino pastoral (como por ejemplo: hospital, instituto de minoridad, colegio, pastoral vocacional, M.C.S., etc.), iniciando una etapa más apostólica. |
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Si la primera etapa intenta formar los hábitos iniciales del futuro sacerdote, la segunda debe forjar la primera consolidación de la identidad ministerial, integrando los hábitos espirituales, intelectuales, humanos, comunitarios y pastorales en la caridad pastoral y en una progresiva identificación con Cristo Maestro. |
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La inserción mayor en la Iglesia Arquidiocesana se genera a partir del envío a una comunidad parroquial y por el contacto con otras realidades pastorales de la Arquidiócesis. Se intenta que el seminarista tenga una visión global de la Iglesia particular en relación con la pastoral territorial y sectorial. Esto exige la formación de hábitos de trabajo y reflexión común, en orden a la pastoral arquidiocesana. |
Los cambios característicos del comienzo de esta etapa y sus mayores exigencias, prueban la vida comunitaria y exigen el necesario equilibrio para no caer en la dispersión. El empeño en los estudios teológicos, la transición hacia una etapa más apostólica y la mayor carga de responsabilidad en el servicio hacia la comunidad del Seminario, exigen el cuidado de la necesaria interioridad del hombre de la Palabra Todo esto constituye un desafío importante en el camino de la maduración humana, cristiana y vocacional.
Tercera etapa: ministerio del Acólito
Pertenecen a esta etapa los seminaristas de los dos últimos años del sexenio filosófico-teológico y aquellos que, habiéndolo concluido, continúan su formación sacerdotal. |
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El objetivo de esta etapa es consolidar:
-la capacidad de entrega y comunión eclesial, propia de quien es llamado al sacerdocio ministerial;
-el auténtico estilo de vida del presbítero del clero diocesano;
-el discernimiento final de la vocación sacerdotal y de los carismas personales;
-la disponibilidad para la formación permanente. |
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La identidad propia a desarrollar en esta etapa es la del hombre oblativo. |
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El eje bíblico que puede sintetizar esta etapa es la frase del Señor: “Denles de comer ustedes mismos” (Lc.9,13). |
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Esta etapa se caracteriza por el Ministerio del acólito, la paulatina transición entre el estilo de vida del Seminario y el propio de la vida ministerial; y la maduración en orden a la vivencia de la caridad pastoral. |
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El Ministerio del acólito, conferido en esta etapa, crea un especial vínculo con la Eucaristía, en consonancia con la actitud oblativa, expresada en la disponibilidad y el sacrificio. Tal ministerio exige del seminarista: una especial cercanía, respeto y devoción por Jesús Sacramentado, del cual se convierte en ministro extraordinario; la formación de los fieles en los ministerios litúrgicos; y el servicio a los más pobres, débiles y sufrientes. El seminarista recibe un nuevo envío a una comunidad bajo la guía de otro párroco. También es posible un envío a algún ámbito de pastoral específica (hospital, universitarios, seminario catequístico, minoridad, adictos, M.C.S., etc.). |
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Durante esta etapa se lleva a cabo un Tiempo de Experiencia en Parroquia (T.E.P.) cuyos objetivos son:
-conocer y compartir más de cerca lo cotidiano de una comunidad parroquial en la convivencia con sus sacerdotes;
-asumir responsable y prudentemente las mayores exigencias que comporta esta experiencia;
-ayudar al discernimiento final de la vocación |
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En esta experiencia el seminarista se encuentra encomendado a un párroco co-formador y bajo la supervisión del superior. Al final de la misma ambos evalúan, con el seminarista, los objetivos propuestos. |
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Los seminaristas de esta etapa, por su mayor madurez, están en condiciones de asumir opciones personales más estables. Por eso mismo, la estabilidad en el cumplimiento de sus compromisos en el estudio, la vida espiritual, comunitaria y pastoral, será un punto de referencia adecuado para evaluar la maduración de la identidad ministerial y su formación en orden a la caridad pastoral. |
Cuarta etapa: Diaconado
Pertenecen a esta etapa los candidatos que, luego de concluir sus estudios filosófico-teológicos, han recibido la ordenación diaconal junto con el correspondiente envío canónico a un destino pastoral. |
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| El objetivo de esta etapa es ejercer el ministerio diaconal, en su triple dimensión de ministerio de la Liturgia, de la Palabra y de la Caridad, desde la configuracion con Cristo Siervo y Pastor, y como preparación próxima para el ministerio presbiteral. |
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| Por tanto, la identidad propia es la del servidor, a imagen de Cristo. |
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| El eje bíblico de esta etapa puede sintetizarse en la exhortación evangélica: “El que quiera ser grande que se haga servidor” (Mt. 20,26). |
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| Esta etapa se verifica en el ejercicio del Ministerio del diácono, vivido desde la nueva condición de ministro ordenado, en los aspectos de conducción y servicio pastoral, y en comunión con el Obispo y el Presbiterio. En el despliegue del sacramento recibido, se inicia el proceso de la formación permanente, “entendida como opción consciente y libre”. |
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