|
Tengo el éxtasis y
el terror de haber sido elegido...
¡El éxtasis y el
terror qué bien armonizan!
Pablo VI
La
vocación es un misterio, ingresar al seminario no. Si
llegaste a esta página seguramente se te ha presentado
la duda de seguir a Jesús como sacerdote. Con mi
testimonio espero poder ayudarte, poniéndole un poco de
luz a este momento que estás viviendo.
La
vocación es un llamado que Dios hace a todos los hombres
para que sean santos como Dios es Santo. Supuesto este
primer llamado, la vocación se relaciona con el estado
de vida que el Padre desea para nosotros: laico,
sacerdote, religioso. Para cada uno de estos estados es
necesario un discernimiento previo, es decir, pensar lo
que vamos a ser a la luz de la voluntad de Dios. No son
planteos que se resuelven de un día para el otro. Son
procesos que dependen de cada persona y, en especial, de
los tiempos de Dios. A modo de consejo entonces: mucha
paciencia y oración.
Me
voy a ocupar del llamado al sacerdocio, compartiendo mi
propia historia personal.
Cuando cumplí 18 años decidí mudarme a Buenos Aires
para iniciar mis estudios universitarios en la facultad
de Ciencias Económicas de la UBA. Alejado de mi casa y
mis amigos, me pareció apropiado iniciar algún tipo de
actividad apostólica que me permitiera crecer y formarme
como cristiano y, al mismo tiempo, relacionarme con
otros jóvenes. Así fue como comencé a asistir a la Noche
de la Caridad, donde pude conocer el rostro de Jesús en
los más pobres y abandonados, así como también compartir
mi fe.
Fruto de esta tarea apostólica pude conocer más de
cerca la vida de un sacerdote y, al poco tiempo, lo
adopté como guía espiritual. Nos juntábamos a charlar
acerca de diversos aspectos de mi vida cristiana y, en
muchas ocasiones, me confesaba con él
A
medida que avanzaba en la facultad conocí a muchas
personas y me puse de novio. Me propuse vivir un
noviazgo cristiano, pensándolo como preparatorio al
matrimonio. Suponía que algún día me iba a casar, pero
no había reflexionado profundamente acerca de mi
vocación. En el fondo, sabía que Jesús me invitaba a un
seguimiento mayor, pero me daba mucho temor plantearlo
y, de hecho, no tenía intenciones de prestarle atención.
Me estaba escapando.
Deseando un mayor compromiso con Jesús, comencé a
misionar con el grupo de un colegio secundario y a dar
catequesis en una parroquia. Sentía una gran alegría al
transmitir la Palabra de Dios, pero al mismo tiempo, un
desconcierto interior respecto a la forma de mi entrega.
Busqué comprometerme aún más, incorporándome a un
Círculo de oración, colaborando en los cenáculos de un
colegio secundario, y ayudando en el desarrollo de una
página de Internet referida a grupos misioneros. Pese a
todo esto seguía insatisfecho, y la misma sensación se
presentó en mi noviazgo. Realmente quería a la persona
que estaba conmigo, pero algo no me cerraba.
Así, bastante desorientado y con mucho temor, decidí
comentarle a mi director espiritual aquello oculto que
acontecía en mi corazón: el llamado constante de Jesús a
vivir sólo para El. Fue el comienzo de mi liberación.
Concluí mi noviazgo y comencé entonces un discernimiento
vocacional más serio.
Poco a poco me dí cuenta que la vocación al sacerdocio
no consiste solamente en el gusto por realizar muchas
actividades apostólicas. Primero uno debe enamorarse de
Dios, para luego entregarse a este camino. Eso fue lo
que le pedí a Jesús: que me concediera enamorarme de Él,
todo el resto vendría después. El discernimiento no fue
para nada sencillo, pero siempre me apoyé en la oración
y en los brazos de nuestra Madre, la Virgen.
Contemplando también el ejemplo de innumerables
sacerdotes, deseé aún más imitar esa entrega humilde y
desinteresada.
Inicié entonces el ITER, encuentros que organiza el
Seminario de Buenos Aires, en donde pude adentrarme en
las implicancias de la vocación sacerdotal y conocer a
otros jóvenes que se planteaban la misma vocación. Esto
me ayudó mucho, porque me enriquecí con el testimonio de
otros que compartían las mismas alegrías, ansiedades y
temores que conlleva aceptar este llamado. Quería ser
sacerdote.
Hoy
te escribo, habiendo ya iniciado el curso introductorio.
Estoy lleno de alegría de haber podido tomar esta
decisión. El camino de discernimiento aún no acabó,
comenzó desde otro lugar, en el seno de la Iglesia.
Para vos, que estás con la duda, lo primero que te digo
es que no tengas miedo. Más allá de tu decisión final,
que debe ser libre, tenés que comprender que Dios quiere
nuestra felicidad en este mundo. Elegir el camino al
sacerdocio, a pesar de las dificultades y temores, nos
debe llenar de alegría y paz. Rezá mucho y confiá en la
ayuda de un sacerdote que sea tu director espiritual. La
Iglesia toda te acompaña con la oración
Un
Abrazo en Cristo, Juan Martín.
|